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Fiebre Dorada S2E2

Fiebre Dorada

· 07:48

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Hay días que uno no se sienta, no porque uno está nervioso, sino porque el cuerpo

sabe que algo grande está pasando.

Y ese día, uff, ese día yo no me podía sentar.

Ahí estaba yo en mi sala, la televisión encima de la chimenea,

la casa tranquilita, el vecindario, la suburbia.

¡Uff! Silenciosa.

Pero adentro de mi casa, estamos todos pegados al televisor.

Toda mi familia cercana vino a mi casa, porque estamos viendo en vivo.

Está Puerto Rico en la tele, puñeta.

¡En una final olímpica, carajo!

Al principio, uno mira con calma, está analizando, está mirando qué está pasando,

pero cuando vi, espérate, esto está apretando.

Esto, la caballita puede crear algo real.

Ahí empiezo a parar y empiezo yo a gritarle al televisor y a narrar cada punto.

Y paquete, y pa, y ca, y vamos, y dale, y dale, y vamos, y a celebrar cada error

de esta otra, y vamos, y dale.

De momento yo era como un misiólogo, tú sabes, porque en Puerto Rico todos somos misiólogos.

Y yo me creí el experto en tenis, el jibarito este,

que sabe de lo que habla, tú sabes, yo me la invento yo busco dos o tres cositas

en Instagram busco las reglas en Google y no me importa porque cuando Puerto Rico está compitiendo,

todos somos expertos,

me sorprendió honestamente lo seguro que me sentía lo convencido como si ese

momento me hubiera estado esperando y cuando ganó Mónica oh que bello.

Cuando sube esa bandera,

y cuando escuché la borinqueña, ahí, ahí me fui, la grima moco,

un orgullo sin pedir permiso.

En la casa nos abrazamos. No había explicación, no hacía falta.

En medio del silencio de la suburbia, por un rato, we were not alone.

Estamos juntos, éramos uno.

Gracias, Mónica.

Al otro día volví al trabajo,

la cabrón nadie sabía nada tuve yo que explicar quién era Mónica y cuánta excusa había,

porque para mí esto importaba pero la televisión volvió a ser americana antes y después,

y cuando Puerto Rico en verdad salía en las conversaciones era pues política

ignorante o comentarios de mierda que pues,

me recordaba yo que en mi sala eso no importó,

porque ese orgullo que yo sentía no cabía en la oficina era demasiado grande,

demasiado ruidoso y aún así yo lo llevaba conmigo,

porque cuando Cuando estar lejos,

celebrar es una forma de regresar.

Esa alegría no fue inocente, fue desfiante.

Eso era como David contra Goliath.

Pues para mí fue decir, si ella pudo, puñeta, yo también.

Ese día pensé que podía conquistar el mundo.

Hasta que me acordé que nunca empecé a jugar tenis.

Pero el sentimiento, ese sentimiento sí se quedó.

Si lo tengo que describir, sabía como una china, refrescante,

energía pura, como esa china que me comía yo después de la escuela,

ese juguito de naranja que me esperaba, del que te deja la uña amarillita, la que te despierta,

la que te recuerda que sigues vivo. CC por Antarctica Films Argentina.

Anoche, anoche estaba yo en el Roberto Clemente en Puerto Rico,

con mi papá y con mi hermano, curiosamente en una pelea, y ahí estaba yo.

Yo era el rey, el juez y el coach, el coliseo lleno y todo el mundo gritando

igual que yo, diciendo a los boxeadores qué hacen, cómo cubrirse, dónde pegar.

Nadie juzgando al que gritaba disparate todo el mundo respetando y apoyando,

porque todos, todos éramos expertos,

todos ahí están detrás de nuestra gallita la gran Amanda,

gracias Amanda porque nos unimos nos unimos por el deporte,

porque en esos momentos es lo que somos celebramos a los nuestros como si fuera

una victoria propia y seguimos hablando de eso por semana, por año,

dime que no te acuerdas del 2004 cuando Puerto Rico le ganó al Dream Team cómo olvidar.

Ahora, ahora lo veo todo claro. No es solo el deporte, es la pertenencia. Es esa voz.

Es ocupar espacios sin pedir permiso. Yo no tengo que defender a Puerto Rico.

Puerto Rico habla solo.

Esa fiebre no se quita. Se transforma. Y yo, yo la cargo conmigo.

Nunca quieto, gente. Pero siempre orgulloso.

Y acabas de escuchar el inquieto.

La historia sigue contigo. Compártela, pásala como un cassette prestado.

Inquieto, nunca quieto gente, siempre cabrón.

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Hasta la próxima, inquieto.

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