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Puño de Uva S2E1

Puño de Uva

· 09:21

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Camino. Siempre estoy caminando.

A veces camino por la ciudad, a veces dentro de mi cabeza.

Y cada vez que regreso aquí, la memoria no empieza donde yo quiero.

Empieza a donde yo aprendí a caminar solo.

Antes, antes yo no caminaba solo. Todos los días después de la escuela elemental,

ahí estaban, ahí estaba mi abuelo, mi abuelo y mi abuela, esperándome,

mi abuelito con el casito gris, estacionado debajo del palo mango, allí en la escuela.

Se estacionaba siempre justo al lado del playground para que yo pudiera saludarlo

y seguir jugando un ratito.

Y mi abuela siempre ahí esperándome con el juguito de China, el jugo naranja.

Bueno, yo pensaba que era jugo de China porque años más tarde me enteré que

pues ella le metía la zanahoria para disquealimentarme mejor, pero no importaba.

Lo que importaba es que había alguien ahí que me estaba esperando.

Años más tarde después, ellos se me enfermaron.

Y no fue algo que se dijo en voz alta, pero algo cambió.

Ahí yo empecé a tomar la guagua.

Y no es la guagua esta que yo veo aquí, la guaguita amarilla. Nada, nada, deja eso.

Yo tomaba una guaguita pública.

Era para estudiantes por la mañana y por la tarde.

Entre medio, el chofer se la ingeniaba y hacía sus rondas.

Éramos como menos de 10 niños los que tomamos esa ruta del campito a la disqueciudad.

Casi todos éramos familia. Yo me acuerdo que yo me sentaba atrás, prácticamente solo.

Pero cuando venía alguien de la high y se sentaba en la mía,

se me inflaba el pecho, mano.

Bueno, pues significaba que yo después lo podía saludar o la podía saludar.

Significaba que yo existía. Y sin saberlo aprendí que la cercanía y a quien

tú conoces también es capital.

Y la guagua, la guagua era peculiar porque pues es un olor cabrón, ¿no?

Bueno, las ventanas siempre tienen que estar abiertas.

No importaba si había sol, si había lluvia, porque el olor, la perfume barato.

Y a sobaco, tipo bacalao fermentado.

Lo digo ahora y me río, pero nosotros nos burlamos mucho de ese chofer. Él nunca fue malo.

Era buena gente el hombre.

Me acuerdo que él me dejaba en la farmacia al final de la calle,

donde yo vivía, y de ahí yo tenía que caminar.

Y yo caminaba por le 20, 30 minutos desde esa parada. Ahí no había acera.

Eso era en la vereda o grama. Yo recuerdo que pasaba el parque,

pasaba la cancha de baloncesto, de esa de qué, de la que no me dejaban ir.

Pero eso es para otra historia. Pero yo seguía caminando, veía las casas de

mis primos, mis tíos, mis primas, mis tías.

Y los que no eran primos y tíos y tías, que todos eran familia.

Y tú seguías y subías estas montañitas, estas cuestitas.

Y la sombra, la sombra era por rato.

El sol, el sol era como que un huequito escondite con él.

Yo iba de palo de aguacate en palo de aguacate, buscando la sombra.

Y si me sobraba la peseta. Uh, I could give myself a treat.

Yo paraba allí en la marquesina de Doña Lita, ella abría el freezer y te daba

ese bofetón, ese olor que te daba en la cara, de coco, canela, china,

tamarindo.

Y había que comérselo rápido porque se limben, uff, se derretía rapidito en el sol.

Si no te lo comías rápido te embajaba todos los dedos eran esas pequeñas decisiones

esos pequeños lujos esas pequeñas libertades que yo me daba.

Primero, primero fue mi abuela.

Me acuerdo. Baños, gritos, confusión.

Me acuerdo que me gritaba, tú lo que quieres, venme, pantaloncillo, mijo.

Ni ella ni yo entendíamos lo que estaba pasando.

Después, mi abuelo. Un derrame.

De lavar su carro a no poder moverse y ahí yo me convertí en el enfermero de la casa.

Era bañarlo en la cama cambiarle el pañal cambiarle y vaciarle la bolsita,

Necesidades, él no podía hablar, ese hombre fuerte, me decía las cosas con su

mirada, con esa mirada fija, tierna,

y esos ojos, esos ojos sí hablaban,

decían vergüenza, decían gracias, decían perdón, tú no tienes que estar haciendo esto,

sentía bochorno,

nunca me pidió perdón y honestamente no hacía falta, yo estaba haciendo lo que me tocaba.

Pero me convertí como que en este trofeíto de mi madre.

Ella siempre orgullosa de mí y yo pues, yo lo admito. Hasta cierto punto me gustaba la atención.

La atención era adictiva. Y cuando te llega a una edad temprana pues.

Pero ese camino, ese camino sabía a dulce, a salado.

Y ahora lo entiendo, nadie me lo explicó lo que estaba pasando.

Pero algo, algo se estaba apretando. Como esta uva es un puño.

Y te explotan ahí.

Hoy cuando todo empieza a apretar, respiro.

Y me agarro, busco esa memoria.

Para buscar ese sabor que me tranquiliza.

Un ritual pequeño, porque lo que fermenta no siempre se pierde.

Hay veces que se convierte.

Y acabas de escuchar El Inquieto.

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Inquieto, nunca quieto gente. Siempre cabrón.

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Hasta la próxima en quieto.

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